Porque cuando descuelgas, aparece una sonrisa telefónicamente fingida que ya quisieran tantísimas sonrisas reales. Porque siempre pienso en la suerte de quien está al otro lado. Porque dan ganas de volver a ser teleoperador solo para poder escucharte un poco.
Y porque, sin valorarlo, entregas durante unos minutos el regalo de tu voz.
Esa voz…
Deja una respuesta