Porque no imagino una manera más bonita de regar el mundo con tu ternura. Porque se convierten en una sinécdoque del resto de tu persona. Porque son un símbolo que recuerda que emocionarse es lo único que nos llevamos.
Porque la alegría también sabe llorar bonito.
Y porque tienen suerte de salir de tus ojos y bailar por tu cara para nacer y morir en ti.