Esa que no sabes caminar sin que se te desborde y lo impregne todo a su paso. A tu paso. Esa que riega hoy todo lo que mañana te será tan bonito.
Tu forma de pasar por la vida es acariciarla con tu forma de entender y atender el mundo.
Suave. Tú.
Esa que no sabes caminar sin que se te desborde y lo impregne todo a su paso. A tu paso. Esa que riega hoy todo lo que mañana te será tan bonito.
Tu forma de pasar por la vida es acariciarla con tu forma de entender y atender el mundo.
Suave. Tú.
En concreto, me refiero al dedo corazón e índice de cada mano. Cualquier observador inexperto los tildaría de dedos normales pero yo veo esos superpoderes que tienen cuando te ríes tanto que te los llevas a los ojos.
Entonces esos pequeños apéndices se disfrazan de la victoria por la que lucho cada rato de cada día.
Y me indican que he ganado.
Ese que sabes tejer como una suerte de precioso hilo dorado cuando la persona que tienes delante de ti lo necesita para hacerte llegar su historia. Sus miedos. Su vida.
El silencio del que sabe escuchar creando una zona segura de palabras. De miedos. De vida.
Porque no lo sabes pero llenas el espacio paso a paso de unos pequeños pies. Lo haces de manera graciosa, con un suave vaivén que acompañas de una imborrable sonrisa que actúa como espejo en los demás.
Y un paso y otro paso. Siempre pequeños.
Y una sonrisa y otra sonrisa. Siempre enormes.
Porque yo te veo cada día y porque te aprendo, como buena profesora que eres.
Porque siempre destacas que la intención la tienes pero yo sé que tienes todo lo demás. Y solo necesitas tiempo para entenderlo como buena alumna que, además, siempre fuiste.
Y me encantará cuando llegue ese día (porque llegará), en el que no te quede más remedio que darme la razón. Y lo harás… por muy cabezona que, también, seas.
Por ir regalándola como si fuera gratis. Como si no costase un mundo dejar tras de sí un mundo mejor.
Y siempre, así de difícil, mejorando todo lo que tiene la suerte de vivir…TE.